El Anciano no eleva la voz. No lo necesita.
Está de pie al frente de la sala en un traje oscuro que le queda demasiado bien como para ser cualquier otra cosa que no sea hecho a la medida, las manos entrelazadas sueltas detrás de la espalda, y algo en su quietud domina el espacio con más eficacia de la que jamás lograría un grito. Detrás de él, ventanas altas dejan entrar una luz gris de tarde que atrapa el polvo suspendido inmóvil en el aire, gruesos haces cayendo en diagonal sobre los pisos pu