Juan estaba agitado.
Los guardaespaldas venían a informarle.
—Jefe, nada.
—Jefe, nada.
—Jefe, el alcance se ha ampliado, pero no se encontró nada.
Era difícil investigar por la noche, ni hablar por el mar.
Esperaban la suerte.
Probablemente todos tuvieran claro que Lorena no sobreviviría.
Tal vez había quedado envuelta en el fondo del mar, o había sido comida por algún pez feroz.
Pensaba en eso Juan mientras sentía un dolor agudo. El dolor le hizo doblarse con la cara pálida, sudando.