Carlos Rivera
El aire húmedo de la noche se lanzó por mi garganta mientras me detenía en seco en la entrada del callejón. Mi pecho subía y bajaba con fuerza; la adrenalina que había impulsado mi carrera ahora se transformaba en un sabor amargo y metálico en mi boca. Miré a la izquierda, luego a la derecha. Las sombras danzaban bajo las farolas parpadeantes, pero el hombre de negro se había ido. Se había desvanecido en el laberinto de la ciudad como un anillo de humo en la brisa.
Diego llegó un