Maria Lopez
Andrew miró a Diego con una expresión que era una mezcla retorcida de diversión y algo que no pude identificar. Luego me miró a mí, sacudiendo la cabeza.
—Sabes, todavía no te entiendo —dijo, con voz ligera y burlona. No esperó una respuesta antes de salir pavoneándose, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave y ominoso.
Me quedé allí de pie, con la respiración entrecortada. Diego no dijo nada al principio. Lo vi abrir el cajón de su escritorio, con los dedos sobre el conteni