Maria Lopez
El despacho del médico se sentía como un vacío, succionando el mismísimo aire de mis pulmones. Me senté tan inmóvil como una estatua, con las manos entrelazadas tan fuertemente en mi regazo que mis nudillos eran piedras blancas. Podía oír el rítmico y burlón tic-tic-tic del reloj de pared; cada segundo marcaba una vida que no estaba logrando salvar.
El doctor, un hombre español de mediana edad con ojos cansados, se levantó de detrás de su escritorio de caoba. Mientras buscaba una pe