Diego
El reloj de pie en la esquina del pasillo dio las cinco; sus pesadas pesas de hierro gimieron dentro de la carcasa de caoba con un sonido parecido al de un hacha desafilada golpeando madera mojada. No me moví del sillón de cuero. Tenía los ojos fijos en la parte inferior de la puerta del estudio, viendo cómo la fina línea de luz gris del amanecer se arrastraba por los tablones del suelo, tragándose lentamente los trozos rotos del vaso de cristal que había arrojado contra el rodapié horas