Carlos
La sala de juntas del piso treinta y cuatro olía a aire acondicionado frío y a copias impresas caras y sin leer. Era más de la medianoche, pero el cielo tras el cristal que iba del suelo al techo era tan negro que hacía que los tubos fluorescentes blancos de arriba se sintieran lo bastante afilados como para cortar la piel.
Me senté al extremo de la larga mesa de caoba, con los antebrazos apoyados sobre la madera pulida. Aún llevaba las mangas remangadas hasta los codos; el algodón bl