El sol del atardecer daba sus últimos rayos cuando Brishen por fin había llegado al pequeño bosque que circundaba la granja donde tendría paso aquella celebración. Distraído, se preguntó porqué, Roxana lo había mandado a llamar con tanta urgencia.
No era para menos, por mucho aprecio que le tuviera y por más que hubiera sido su maestra en la vida y en las mancias gitanas, él, no era nada de ella. Ni siquiera su ahijado, que de esos tenía muchos y por toda Inglaterra.
«A menos que sea para enc