CAPÍTULO 2

Al día siguiente.

Valentina escuchó la voz de Camila antes de verla.

Bueno. Antes de intuirla. Porque ver, lo que se dice ver, era algo que ya no le pertenecía del todo. Pero los contornos borrosos que le quedaban eran suficientes para distinguir una figura alta y delgada al final del pasillo, y la voz era más que suficiente para saber de quién se trataba.

—Buenos días. ¿Ya se levantó la señora?

Valentina se detuvo a mitad del pasillo, con el bastón en la mano y el ruido del desayuno llegando desde la cocina. Peni estaba abajo. Doña Beatriz no había llegado todavía. Solo ellas dos.

—Buenos días —respondió con calma.

Camila se acercó. Sus tacones sobre el suelo de madera eran un sonido que Valentina ya había aprendido a identificar: rítmico, deliberado, el sonido de alguien que camina como si el espacio le perteneciera.

—¿Vas a bajar sola? Con tu estado es peligroso. Si te caes, nos causas problemas a todos.

Valentina no respondió.

Siguió caminando.

Camila se puso a su lado, demasiado cerca, con ese perfume que llenaba el aire.

—Sabes, hay personas que en tu situación preferirían quedarse en la habitación. No estorbar. —Una pausa breve, calculada—. Alejandro bajó hace una hora. Desayunó aquí esta mañana, ¿sabías? Yo le preparé los huevos como a él le gustan.

Valentina se detuvo.

Él había desayunado aquí. Con ella.

Hacía años, años, que Alejandro no desayunaba en casa. Siempre reuniones tempranas, siempre el café en la oficina, siempre alguna razón para salir antes de que Valentina se levantara. Ella había dejado de poner dos tazas en la mesa hace tanto tiempo que ya ni lo recordaba.

Pero esta mañana había bajado a desayunar. Y no había llamado a la puerta de Valentina.

—Los huevos con pimentón y sin sal —continuó Camila, con esa voz suave que era más cuchillo que caricia—. Me los agradeció dos veces. Dijo que hacía mucho que no desayunaba bien.

La mano de Valentina apretó el bastón.

Cinco años. Cinco años preparándole el desayuno, aprendiendo exactamente cómo le gustaba el café, cuánto tiempo necesitaba el pan en el horno, qué días quería fruta y qué días prefería saltárselo todo. Cinco años de detalles pequeños y silenciosos que nadie ve y nadie agradece, y que ahora Camila reproducía en una sola mañana y recibía las gracias dos veces.

Así es como funciona, pensó Valentina. Lo que das gratis no tiene valor. Lo que llega nuevo siempre parece mejor.

Se quedó quieta un momento. Respiró.

Y entonces, con una calma que sorprendió incluso a Camila, habló.

—Qué bien que lo hayas atendido. —Su voz no tenía ni una grieta—. Tengo una pregunta, ya que estamos. En esta casa, ¿quién es la dueña? ¿Tú o yo?

Camila soltó una pequeña carcajada.

—¿Todavía haces esas preguntas?

—Completamente en mis cabales, sí. —Valentina dio un paso adelante. No brusco, no agresivo. Solo firme—. Escucha bien, Camila Rojas. Si no fuera por mi permiso, nunca habrías entrado en esta familia. Sigo siendo la esposa legal de Alejandro Herrera Cruz. Tengo el apellido. Tengo la firma. Y sin mi firma, no hay matrimonio legal para nadie. —Levantó la mano. El dedo quizás no apuntaba exactamente, pero las palabras no fallaban—. Así que antes de venir a contarme cómo preparas los huevos de mi marido, recuerda quién abre esta puerta y quién puede cerrarla.

El silencio que siguió fue diferente a todos los silencios anteriores.

Camila no respondió de inmediato. Valentina escuchó el cambio en su respiración, ese segundo de más antes de que volviera a hablar.

—No olvides —dijo Camila, con la voz más baja ahora, más peligrosa— que fui yo quien te recogió en medio de la carretera aquella noche.

El golpe llegó a donde quería llegar.

Valentina sintió la quemadura en el pecho pero no la dejó subir a la cara.

—Lo recuerdo —dijo—. Y también recuerdo que si no hubieras estado en la oficina de mi marido ese día, yo no habría necesitado que nadie me recogiera.

Esta vez Camila no respondió nada.

El sonido de la puerta principal salvó el silencio.

—Hija.

La voz de Doña Beatriz llegó desde abajo con el aroma de su perfume de siempre. Valentina sintió cómo algo se aflojaba en su pecho.

—Mamá. —Sonrió, y esta vez la sonrisa fue real.

La mano de Doña Beatriz encontró su brazo con la naturalidad de quien lleva años haciéndolo, y la guio despacio hacia las escaleras, alejándola de Camila sin decir una sola palabra al respecto.

Pero antes de doblar la esquina, Valentina escuchó los tacones de Camila alejarse en dirección contraria. Más rápido que antes. Sin el ritmo seguro de siempre.

Pequeñas victorias, pensó Valentina.

Por ahora, con las pequeñas victorias era suficiente.

Pero el recuerdo del desayuno, de Alejandro agradeciendo dos veces los huevos que ella llevó cinco años preparando en silencio, se quedó grabado detrás de los ojos que ya no veían bien.

Todavía no es suficiente, se dijo. Necesito más. Necesito algo que me dé poder real sobre este divorcio.

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