(POV Kyler)
Dos de la mañana. El cielo sobre los Alpes se había roto en mil pedazos. La lluvia golpeaba el techo de madera de la cabaña con una violencia rítmica, como si miles de dedos invisibles estuvieran exigiendo entrar. Los relámpagos iluminaban la estancia de forma intermitente, convirtiendo los muebles en siluetas espectrales de sombras alargadas.
No podía dormir. El sabor de Aria seguía impregnado en mi paladar y sus palabras de "adiós" en el coche me quemaban los oídos. Me levanté de