Descansé la espalda contra la puerta, sintiendo la vibración de los golpes y mi corazón latir con prisa, a punto de salirse de mi pecho.
―Erika, escuché cuando entraste. Abre. Necesitamos hablar.
Mantuve la calma. Yo; estaba en una habitación con seguro y con mi peso funcionando de refuerzo. Él; estaba del otro lado de la puerta con sus bolas adoloridas. No lograría entrar.
―¡No tengo nada que hablar contigo, infiel! ―Le grité.
―¡Erika, no te he sido infiel! ―gritó, pero su voz no era potente