Llegaron a una cabaña, afueras de la ciudad.
Entraron, él encendió la chimenea, y Mariza fue y trajo mantas para cubrirse del frío que estaba haciendo ahí.
Se sentaron sobre algunas mantas en el suelo, y otras que los cubrían.
—¿Cómo te sientes?
—Bien. Lamento todo esto, Leander, no quería esto.
—¿Qué?
—Tu familia, ahora me odian, ahora te he alejado de ellos, pero te juro que…
Él siseó, colocando su dedo sobre sus labios.
—Ya no importa, olvídalo, no voy a creer en otros, porque quiero creer en