La llamada a Reeves.
Nathan marcó el número un martes a las diez de la mañana. No porque el martes tuviera algo especial. Sino porque llevaba cuatro días con el nombre de Reeves abierto en la pantalla del teléfono y el martes fue el día en que el peso de no llamar superó definitivamente al peso de llamar.
Fue a la biblioteca. No al estudio de Evelyn. A la sala oscura que durante veinte años había servido como su despacho doméstico cuando el penthouse tenía que ser también una oficina: las estan