Seguí corriendo mientras sentía ese olor nauseabundo más cerca. Cuando empecé a ver huesos entre los arbustos secos me di cuenta que había llegado a los límites del territorio de Ernesto. Al ver hacia atrás, en mi mente apareció su cálida y tierns sonrisa, la misma sonrisa que nuestro hijo poseía.
Me detuve cuando me vi en la entrada de las putrefactas tierras de Ernesto, los lobos que lo seguían se dieron cuenta de mi presencia, me rodean pero cuando escuchan mi gruñido se alejan haciéndose au