El dolor en su cabeza era un martilleo implacable. Como si mil demonios golpearan su cráneo desde dentro.
Dante entreabrió los ojos con pesadez, cegado de inmediato por la luz intensa que se colaba entre las cortinas mal cerradas. Gruñó, llevándose una mano al rostro. El maldito sol le estaba anunciando que el día ya estaba avanzado, y con eso, llegaba la conciencia de que había dormido demasiado.
Con un esfuerzo perezoso, alargó el brazo y tomó su teléfono móvil de la mesa de noche. Las cifras