La pequeña sala de revisiones médicas estaba silenciosa, iluminada por la luz blanca y suave que se colaba por los ventanales. Había un orden casi quirúrgico en ese lugar: instrumental esterilizado, armarios cerrados, una camilla perfectamente tendida.
Svetlana entró detrás de Ruggiero y se sentó al borde de la camilla, con la espalda recta, los brazos cruzados sobre el abdomen.
—No me gusta sacarme sangre —admitió en voz baja, con una sonrisa tensa.
—Nadie se ha muerto por una muestra —respond