El pitido de la máquina seguía sonando, insistente.
No de alarma. No de peligro.
De vida.
El cuerpo de Dante, inmóvil por días, había reaccionado.
Y en el centro de ese milagro, Svetlana aún estaba de rodillas junto a la cama, sosteniendo su mano, llorando en silencio. El tubo seguía en su garganta, impidiéndole decir todo lo que sus ojos ya gritaban. Pero no hacía falta.
Ella lo sabía.
Lo sentía.
Él había vuelto.
—Voy a buscar al doctor —dijo ella de pronto, como saliendo de un trance.
Soltó