La música estaba lo suficientemente alta para ensordecer los cuchicheos de los clanes menores, pero no tanto como para impedir que se escuchara el tintineo de las copas y los dados cayendo sobre la mesa.
“La Lupa Rossa” era un antro disfrazado de bar. El tipo de local que olía a ginebra barata, humo rancio y testosterona mal canalizada. Cortinas de terciopelo rojo sucio, mesas con tapas de mármol falso y una barra que había visto más sangre que limpiadores industriales. En las paredes, retratos