Los pasos de Svetlana resonaron suaves pero firmes por el pasillo. Afuera, el sol reinaba en el cielo, sobre Campania como un juez inclemente: silencioso, vigilante, impaciente.
Dentro, los ecos del salón de reunión aún parecían vibrar en las paredes. Algunos hombres hablaban entre sí, susurrando nombres, haciendo cálculos, recordando las palabras de ella como si no supieran aún si habían escuchado una propuesta... o una amenaza.
Svetlana no miraba a nadie.
Su abrigo negro se deslizaba como so