La habitación era hermosa. Un santuario de lujo clásico, decorado al más puro estilo imperial ruso. El papel tapiz de damasco rojo y dorado abrazaba las paredes con una calidez engañosa, mientras unas cortinas de terciopelo burdeos colgaban pesadamente a ambos lados de una gran puerta de madera tallada, cerrada desde fuera. En las esquinas, molduras doradas dibujaban arabescos como en los salones de los antiguos palacios de San Petersburgo. Un candelabro de cristal colgaba del techo, lanzando r