Narra Fabiola.
—Dios mío, Fabiola, no puedo creer lo que veo. ¡Lo siento mucho! Te juro que no sabía que ellas estarían aquí y... ¡Dios mío! —Aitana toma mi mano y la aprieta haciendo que mis ojos vidriosos se posen en ella—. Vámonos. No tienes que estar aquí, además, no es tan importante.
Limpio la lágrima traicionera que corre por mi mejilla y trato de sonreírle a mi amiga quien luce demasiado culpable y apenada.
Ver a Diego aquí besando a Sheila me ha dejado sin aliento unos segundos, y l