—¡¿En serio lo hiciste pararse?! —chilló Meredith sacudiendo sus hombros frenéticamente. Hasta Neid había abierto levemente su ojo bueno para mirarla con incredulidad—. ¡Bendita seas, muchacha! Tú realmente eres un ángel que me mandaron los cielos. —Le dio uno de sus sofocantes abrazos quiebra-huesos.
—Pues si no quieres que a los cielos vuelva, te recomiendo que dejes de asfixiar a tu ángel, Mere —comentó el general espeluznante casualmente, sin dejar de peinar el cabello de la heredera al tro