Se despertó cuando el sol apenas estaba ocultándose en el horizonte sintiendo una mano acariciando con ternura su mejilla, una sensación que se le hizo familiar.
—¿Tristan? —susurró esperanzada, oyendo una pequeña risa baja llena de ternura.
—Ya nos gustaría, querida. —Suspiró al reconocer la voz de Meredith, que era una extraña mezcla entre tristeza y alegría—. Pero ya, ya tienes que levantarte. ¿No quieres conocer a tu pequeño Kith?
—¿Kith? —Abrió los ojos débilmente, con mucha dificultad.
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