Llegué a la mansión con el estómago hecho un nudo. El trayecto desde la oficina había sido un borrón de luces y lluvia, pero nada borraba la voz de Marcus por teléfono. Baja. Furiosa. Inevitable.
La casa estaba oscura, con solo algunas luces encendidas en la sala principal. Lo encontré allí, sentado en el sofá de cuero, un vaso de whisky en la mano, la botella medio vacía sobre la mesa baja. Tenía los ojos enrojecidos, la corbata floja, el cabello desordenado. Al entrar, levantó la vista hacia