La sala se quedó mortalmente silenciosa.
La fotografía seguía colgada en la pantalla como un veredicto de culpabilidad. La mano de Damien baja en mi cintura, mis dedos enredados en su corbata, nuestras bocas fundidas en ese momento imprudente y hambriento en el que el mundo había dejado de existir.
El presidente la miró. "Señorita Roseous".
Ella no se apresuró. Dejó que el silencio se alargara hasta que doliera.
"Esta imagen está diseñada para provocar, no para informar", dijo con voz suave y f