Su voz en mi cabeza, me desequilibra: Bellicienta, siempre te encontraré. No puedo permitir su intromisión y como la bestia que soy arañé su invasión.
—¡Sal de mi mente! —Al golpear mi cabeza conseguí cerrar la puerta y me fortalecí.
El hombre se tambaleó, no perdí tiempo y con mi caminar lo provoqué. No puedo mentir, odio que quiera manejarme, pero su pecho al desnudo me invita a rozarlo.
—No soy la esclava de nadie —su aura marrón con borde azul luminoso me llama la atención—. No vuelvas a