DIEGO
El aroma de las verduras salteadas invade mis fosas nasales nada más entrar en mi ático.
Veo a Inez, mi prometida, de pie en la cocina con una de mis viejas camisetas de grupo. Lleva su larga melena oscura y ondulada suelta y, cuando me ve, sus bonitos labios rosados se estiran en una sonrisa.
—¡Hola, mi amor! No te he oído entrar.
Deja lo que está cocinando y corre hacia mí. La rodeo con un brazo por su esbelta cintura y la atraigo hacia mí para darle un beso.
Me sujeta la cara entre sus