La cara de Félix se tornó tan siniestra que daba miedo. En tres segundos, pasó de la culpa al rencor. Luego, sonrió con calma, comenzó a desabotonarse los puños de la camisa y dejó al descubierto un tatuaje de calavera en su muñeca.
—No me importa, aunque te hayas casado, da igual.
Sacó lentamente su arma, sus dedos rozando el cañón, mientras sus ojos se fijaban brevemente en Harold, llenos de amenaza.
—Sylvie, aunque tenga que secuestrarte, te voy a llevar, cueste lo que cueste.
Al terminar de