En esos días, Harold me llevó a recorrer Europa, sabiendo lo mucho que disfruto viajar. Lo tenía todo planeado: pasé horas entre las tiendas de lujo en París, me deslicé por las pistas de los Alpes como si fuera libre, y viví noches inolvidables en fiestas sobre yates en el Mediterráneo.
En la cubierta del crucero, mirando el mar, me rodeó la cintura desde atrás y, con voz suave, me susurró al oído:
—Si has decidido casarte conmigo, entonces tienes que vivir en mi mundo.
Intentaba alejarme de to