Silvia bajó la cabeza, con una expresión de desesperación. Si esperaba a que Leandro descubriera la verdad a través de los sirvientes de la casa, temía que su situación sería aún más desastrosa. Si Leandro podía encontrar la verdad de hace dieciséis años, sobre lo que ella había hecho, ¿qué importaba?
—No, no llames. Lo diré, lo diré... —Silvia tenía la mente en un torbellino y sus sienes latían continuamente.
—Ese día, cuando Luna vino a la familia Muñoz, yo estaba escondida en la esquina de la