El ambiente se tornó sutilmente tenso, incluso un poco hostil.
Los ojos de Teófilo se abrieron ampliamente, como si hubiera escuchado algún comentario que dañara en gran medida su gran autoestima. Se puso tan rojo como un tomate y, después de un largo rato, apenas pudo pronunciar una palabra: —¿Eh?
—¿El doctor López ha estado demasiado tiempo en Estados Unidos y ha descuidado su lengua? ¿Debería traducírtelo otra vez? —Clara ocultaba, una suave astucia en sus hermosos ojos, y su sonrisa ejercía