Él entró a la sala de estudio y se sentó frente al escritorio, con una expresión muy sonriente que se volvía cada vez más rígida.
Inclinó su cabeza hacia atrás, desabrochó su corbata y desabrochó algunos botones de su camisa, sintiéndose más aliviado al respirar.
Una cruz brillante y plateada saltó de su pecho, destellando una luz fría y muy tenue.
Diego cerró lentamente los párpados, respiró profundamente y calmó por completo su inquieto corazón.
En ese instante, en su mente no apareció el rost