Especialmente Rodrigo, observando fijamente a Noa con los ojos llorosos en sus brazos, sintió un pensamiento repentino: quería llevarla a casa. Lo deseaba tanto.
—Noa, tú, ¿quieres ir con él...? — Clara estaba atónita y no podía articular correctamente sus palabras.
—Hermano Rodrigo...
Noa enterró su pequeña cabeza, en el cálido pecho del hombre, su aliento tembloroso se filtraba a través de su ajustada camisa negra, rozando su piel, llegando a lo más profundo de su corazón. —Quiero ir contigo a