Noa dormía dulcemente en los brazos de Rodrigo, con su pequeña mano agarrando la solapa del hombre. Sus largas y hermosas pestañas se movían suavemente, como un ángel caído del cielo.
Rodrigo bajó la mirada, pero después de todo era un viejo zorro. Rápidamente calmó su mente y cuando volvió a mirar a Leona, su mirada era muy aguda: —Señorita Leona, si te vas ahora, ¿cómo podrás ver todo lo que viene después?
—Yo... yo quiero ir al baño. La frente de Leona estaba sudando, su corazón latía con mie