Juan sintió un sacudón en las pupilas, pero con su experiencia en batallas, inmediatamente mantuvo la calma.
En cambio, César, al volante, estaba aterrado, gritando: —¡Qué está pasando!
Alejandro, con frialdad en los ojos, abrazó a Clara y con una mano sujetó su nuca, enterrando su rostro en su pecho:
—Clara, no mires.
Aunque solo tenía fiebre, era una fiebre alta, y los pacientes temen ser asustados, lo que podría empeorar la situación.
Sin embargo, el hombre no sabía que Clara misma no temía e