Leona, frente a Noa, ladraba como un verdadero perro rabioso, llenando el aire con obscenidades, ya había reconocido con sus propios actos su estado desfavorecido. Los claros ojos claros de Noa se ampliaron de sorpresa. Fue entonces cuando notó los audífonos que colgaban de las dos orejas de Leona, los cuales había ocultado con su cabello antes, por lo que Noa no los había visto claramente.
—¡Por tu culpa estoy sorda! ¡Y antes de irme, no te dejaré en paz! ¡También voy a dejarte sorda! — Antes d