La noche caía, la luz plateada de la luna se derramaba por el suelo, mientras el viento nocturno soplaba y las sombras se agitaban afuera de la ventana.
Diego, con las pestañas bajas y sosteniendo una cruz en sus manos, estaba de pie frente a la imagen sagrada, rezando fervorosamente. Desde que su amada falleció, venía aquí día tras día en busca de redención, confesando los pecados que había cometido. En el pasado, había ofrecido innumerables oraciones. Pero ahora, frente a la imagen divina una