La distinción de el Jefe aún se mantenía vaga en la mente de Diego, cubierta de polvo y neblina.
No importaba cuántos recuerdos evocara, esos asuntos ya no tenían nada que ver con él.
—Doctor Muñoz, soy yo. Diego.
—¡El Jefe! ¡Realmente no puedo creer que en esta vida aún pueda esperar el día en que me contactes! ¿Cómo has estado todos estos años?
—Estoy bien.
Diego hizo una pausa, su voz profunda—¿Estás disponible ahora? Hay un asunto urgente, necesito tu ayuda.
—¡El Jefe, qué estás diciendo! Es