La figura erguida de Diego, como un pino inamovible, quedó grabada para siempre en el corazón de Teófilo.
Teófilo sintió que la sangre hervía por todo su cuerpo, concentrándose así en las palpitantes cámaras de su corazón. Agarró con fuerza la barandilla, su cuerpo se inclinaba delicadamente hacia afuera casi como si estuviera a punto de lanzarse al vacío.
Esa destacada figura, aparte de Diego, no se encontraría en nadie más.
—¡Diego, Diego! ¡Diego!
Teófilo gritó desgarradoramente.
Desafortunada