Inés, que antes tenía un aire de valentía, al recibir la llamada de su padre, de repente se desanimó y bajó tímidamente la cabeza.
—Inés, no tengas miedo, — dijo Aarón mientras abrazaba fuertemente a la chica. La observaba con una mirada llena de profundo afecto, brillante como el amanecer y especialmente cariñosa. —siempre, estaré contigo, iremos juntos a casa. Si el señor Pérez te culpa por esto, yo te defenderé.
—¿Có-cómo me defenderás?... Mi padre se enfurece muchísimo—, balbuceó Inés, sinti