—Señor Hernández, es que no tienes fortuna.
Alejandro se quedó aturdido y de repente apareció la imagen de los grandes ojos claros de Irene, llenos de inocencia y un poco de tristeza. Sabía que ese cuidado no existiría en el futuro, y si dijera que no estaba decepcionado, estaría mintiendo.
—Irene no es mi fortuna, ella es mi desgracia.
Con una mirada sombría, Alejandro regresó a su habitación y vio una caja en la mesa. Reconoció la caja de la tienda de sastres y pensó que la ropa debía haber