Los visitantes comenzaron a abandonar el jardín, solo quedaron Clara y Beatriz. La luz se volvía cada vez más tenue, pero el rostro sin maquillaje de Clara seguía siendo pálido y brillante como la luna llena, lo que hacía que Beatriz la envidiara y celara aún más.
Dejando de lado toda enemistad, tenía que admitir que Clara era de una rara y excepcional belleza. ¿Cómo no sentirse inquieta, asustada y resentida al ver a esa mujer tan hermosa convivir con su hombre bajo el mismo techo durante tres