Antes de que me marchara, mi padre me entregó una placa que me identificaba como miembro de la casa Salazar.
—Muéstrala si te detienen en el camino. Que nadie se entere de que hoy estuviste aquí.
Cuando el carruaje pasó por el mercado del oeste, pedí de pronto al cochero que se detuviera.
—Hay ratas en el viejo almacén de la residencia. Por favor, cómprame un poco de arsénico en la botica.
El cochero no sospechó nada. Entró con la placa y al poco rato me pasó el paquete por la ventanilla.
—El boticario dice que es muy venenoso, señorita. Guárdelo bien para que nadie lo toque por accidente.
Lo escondí en la manga sin responder. Lo último que me había dado mi padre sí me había servido de algo, después de todo.
Cuando volví, ya habían sacado buena parte de mis pertenencias de los aposentos donde había vivido dos años. Beatriz estaba recostada en mi diván, jugando distraídamente con un pajarito de madera.
Antes yo soñaba cada noche con Gabriel cubierto de sangre. Alejandro había tallado aquel pájaro y me había dicho que podía volar más allá de los muros y llevar mensajes a los muertos. Lo había guardado junto a mi almohada como un tesoro durante dos años.
De pronto, Beatriz lo soltó. La figurita cayó en el brasero y las llamas envolvieron sus alas.
—¿Tanto te duele perderlo, querida? —preguntó sonriendo—. Lástima que el príncipe no lo tallara por cariño.
Se acercó a mí con evidente satisfacción.
—En aquella época te pasabas las noches llorando y gritando el nombre de Gabriel. Había espías de Norvia vigilando la residencia. Alejandro necesitaba convencerlos de que estaba enamorado de ti; por eso se esforzaba tanto en consolarte y hacer que durmieras tranquila.
Miré el pájaro, que se ennegrecía en el brasero.
—¿Y cuando me caí al agua?
Beatriz reaccionó como si hubiera escuchado un chiste.
—¿No lo sabías? Alejandro nada muy bien. Pero aquel día había un espía de Norvia escondido en la orilla y él estaba demasiado ocupado vigilándolo para ir a salvarte. Después bastó con cubrirte con una capa y decirte unas palabras bonitas para que te conmovieras tanto.
Se tapó la boca para reír.
—Qué fácil es engañarte.
Recordé el agua helada del lago. Después de que un guardia me sacara, Alejandro me había envuelto bien con su capa. Yo lloraba contra su pecho y él repetía:
—No tengas miedo. Estoy aquí.
Fue aquel día cuando, por primera vez, dejé de verlo como un enemigo.
Ahora descubría que los gestos que me habían hecho enamorarme de él formaban parte de una trampa para el enemigo. Yo no sabía nada. Por eso había llorado de verdad y amado de verdad.
Cuando Alejandro regresó, del pajarito solo quedaba un trozo de madera carbonizada.
Lo miré.
—¿Me llevaste al festival de las luces para hacer salir a un espía?
—Sí.
—¿Y no me salvaste cuando caí al agua porque tenías que vigilarlo?
Guardó silencio un momento.
—Sabía que los guardias podían salvarte.
Beatriz no me había mentido.
Alejandro extendió la mano para tomar la mía. Pero de pronto recordé el terror de sentir que me ahogaba mientras el agua me entraba por la nariz y la boca, y retrocedí por instinto. Su mano quedó suspendida entre los dos.
—Admito que al principio todo lo que hice tenía un propósito. Pero sin aquella farsa, Gabriel no habría podido regresar. Que puedas marcharte viva y vivir sin que te falte nada es el mejor desenlace posible.
Beatriz intervino de pronto:
—La ceremonia en honor del general Montenegro es mañana a las siete. Sería de muy mal augurio que el ataúd de Catalina se cruzara con el cortejo ceremonial.
Alejandro lo pensó un momento.
—Entonces tomará el remedio mañana a las cinco.
Se volvió para dar la orden:
—Pónganla en el ataúd a las cinco y sáquenla de la capital antes de las siete. Que no interfiera con la ceremonia en honor de Gabriel.
Escuché en silencio. Que Gabriel hubiera regresado con vida era una gran alegría para la corte. Ni siquiera mi cortejo fúnebre podía cruzarse con la comitiva en honor de Gabriel.
Mejor que fuera antes. Al fin y al cabo, ya no tenía a nadie a quien esperar.