Capítulo 3
—Era ella.

Renata levantó los ojos hacia Joaquín, el hombre que, al enterarse del acoso que había sufrido, la había abrazado tantas veces y le había prometido que nunca permitiría que nadie volviera a hacerle daño.

Empezó a contar hasta tres en silencio, pero, tal como esperaba, él salió en defensa de Catalina antes de que terminara.

—Es cierto que Catalina es un poco inquieta, pero no tiene malas intenciones. Seguro la malinterpretaste.

La tomó del brazo sin darle opción a negarse.

—Martín organizó una fiesta para recibirla. Vamos juntos. Somos una familia; no vale la pena seguir pensando en cosas del pasado.

Pero, en cuanto abrió la puerta del lado del copiloto, Catalina se metió y le hizo una mueca a Renata.

—El que llega primero se queda con el lugar. Tú fuiste demasiado lenta. Ahora no vayas a decir que te estoy maltratando.

Joaquín no sabía cómo resolverlo. Durante los últimos tres años, aquel asiento siempre había sido de Renata. Ella solía abrazarle el brazo y decir con una sonrisa dulce:

—Quiero pasar toda la vida sentada a tu lado.

Él estaba pensando cómo tranquilizarla cuando Renata abrió con calma la puerta trasera. Ya no quería a ese hombre. ¿Por qué iba a importarle un asiento?

Joaquín vaciló un instante. Su docilidad era la que esperaba, pero algo le produjo una extraña inquietud. Cuando Catalina le pidió que arrancara, dejó de pensarlo y encendió el motor.

Durante el trayecto, Catalina habló a propósito de recuerdos que solo compartían ellos dos, dejando a Renata fuera de la conversación. A ella no le importó. Le escribió a su abogado:

"Quiero divorciarme de Joaquín. Él es el responsable de la ruptura".

Uno de los detalles más comentados de su matrimonio, tres años atrás, había sido el acuerdo prenupcial que Joaquín insistió en firmar. Establecía que, si el matrimonio terminaba por culpa de uno de los cónyuges, todos los bienes que estuvieran a nombre del cónyuge responsable pasarían al otro.

Todos habían creído que era una garantía para Renata, la promesa de un mujeriego dispuesto a cambiar. Pero él lo había calculado desde el principio: después de hacerla pasar por infiel, ella se quedaría sin nada.

Si Joaquín había sido tan despiadado, Renata tampoco iba a tener compasión.

Durante la consulta prenatal había grabado las indicaciones del médico y olvidado detener la grabación. Por casualidad, también había quedado registrada la comprometedora conversación de aquellos hombres en el despacho.

El abogado recibió el audio y respondió enseguida:

"Con esta grabación podemos solicitar el divorcio y exigir que se cumpla el acuerdo prenupcial. Iniciaremos los trámites de inmediato e intentaremos resolverlo todo en aproximadamente una semana. Si se aplica lo pactado, los bienes que Joaquín tenga a su nombre pasarán a usted, incluidas las acciones que le dan el control del Grupo Ortega".

Renata dejó el celular y soltó un largo suspiro.

La fiesta se celebraba en un hotel lujoso del Grupo Ferrer. Habían reservado todo el salón, y Martín destacaba entre la gente. Su camisa de diseñador, ligeramente abierta, dejaba ver su piel muy clara y acentuaba aquella belleza fría y llamativa.

Los Ferrer, igual que los Ortega, estaban en la cima de la élite. Además, Martín tenía fama de mantenerse alejado de las mujeres, siempre distante y contenido.

Renata recordó la intimidad de aquellas noches y sintió una profunda humillación. No entendía por qué un hombre tan frío había estado dispuesto a semejante "sacrificio".

Hasta que Catalina corrió hacia él, sonriendo.

—¡Gracias por organizarme esta fiesta! ¿Quién decoró todo? ¡Es justo como me gusta!

—Me alegra que te guste.

Él la sostuvo con suavidad y retiró la mano enseguida, con discreción. La frialdad de sus ojos, sin embargo, había dado paso a una ternura ardiente.

—Lo hice yo. Cuando se trata de ti, no me quedo tranquilo dejándolo en manos de otros.

Renata sintió un vuelco en el pecho. De pronto lo entendió: hacerla pasar por infiel era esencial para la felicidad de Catalina, y por eso él se había encargado personalmente. ¡También estaba enamorado de ella!

—¿En qué piensas?

Joaquín le ofreció una copa de champaña, pero Catalina se adelantó a tomarla. Con un movimiento de la mano, derramó todo el contenido sobre Renata. La tela mojada se pegó a su pecho y dejó marcadas sus curvas.

—Ay —dijo Catalina, parpadeando con falsa inocencia—. Solo pensé en las bromas que nos hacíamos antes. Se me olvidó que ahora eres la esposa del señor Ortega, tan famosa por ser correcta y recatada. Te hice pasar vergüenza delante de todos. Perdón.

La disculpa no tenía la menor sinceridad. En sus ojos brillaba la burla de quien había conseguido lo que quería.

Los amigos de Joaquín fijaron descaradamente la mirada en su pecho.

La expresión de Joaquín se endureció. Pidió una estola a un mesero y se la puso encima, pero al hablar volvió a defender a Catalina.

—Catalina solo estaba bromeando y ya se disculpó. Tú siempre has sabido comportarte. No te enojes, ¿sí?

Renata apretó una esquina de la estola. Catalina la había acosado durante años y ahora la humillaba delante de todos, mientras él seguía justificándola. Aunque sabía que no debía esperar nada de él, el dolor seguía extendiéndose por su pecho.

Los demás también se sumaron:

—Eso. ¡No te tomes una broma tan en serio! No seas rencorosa. Sonríe.

Renata levantó la cabeza y sonrió, tal como le pedían.

—Está bien. Entonces juguemos.

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