Martín reconoció enseguida el lugar de su accidente de diez años atrás. El muchacho herido, con el rostro cubierto de sangre, era él. Y la chica que, tras una breve vacilación, corría decidida a rescatarlo, ¡era Renata!
El color desapareció de su rostro. Su expresión normalmente impasible dio paso a una conmoción profunda, seguida de una oleada de rabia y arrepentimiento.
Se había equivocado en todo: había tomado a Catalina por su salvadora y la había ayudado a hacerle daño a Renata, la mujer qu