Ya era medianoche y, además, estaba lloviendo a cántaros. Las calles, normalmente bulliciosas, se habían convertido en un desierto urbano. No había ni un solo taxi a la vista, ni siquiera el destello lejano de sus luces. Por suerte, La Ledicia no estaba demasiado lejos, aunque la distancia parecía haberse multiplicado bajo estas circunstancias. Sin otra opción, me resigné a caminar, cada paso un desafío contra los elementos.
Las aceras vacías amplificaban mi soledad. No había ni un alma en la ca