Miré a mi madre con tristeza, mis ojos suplicantes buscando en los suyos algún atisbo de comprensión. Esperaba que pudiera entenderme aunque fuera un poco, que viera más allá de su enojo y no me echara toda la culpa de lo sucedido. El nudo en mi garganta se apretaba con cada segundo que pasaba bajo su mirada acusadora.
—Trabajas en la ciudad y dices que no tienes dinero, ¿quién te va a creer? —espetó mi madre, su voz cargada de incredulidad y reproche—. Tu salario mensual no es poco, 30,000 es s