La oficina temporal de Armando carecía de un adecuado aislamiento acústico, por lo que nuestra conversación se hizo audible para todos los presentes en el área de trabajo. Cuando Armando comenzó a gritarme y reprenderme duramente, sus palabras hirientes y el tono agresivo de su voz resonaron con total claridad, sin privacidad alguna.
Regresé a mi escritorio con el ánimo por los suelos, abrumada por la humillación pública que acababa de sufrir a manos de Armando. A pesar de mis esfuerzos por mant