Mariana luchó con todas sus fuerzas, pateando con sus piernas en el aire, pero sus esfuerzos fueron inútiles. El hombre que la sostenía solo la apretó más fuerte contra su cuerpo. De repente, sintió un fuerte dolor en la oreja, y la cálida y susurrante voz de su captor llegó a sus oídos:
—Mariana, si sigues moviéndote, no me culpes por lo que pueda pasar…
Mariana se estremeció al instante. Ya se había maquillado de esta forma tan espantosa, y esa persona aún podía reconocerla. ¡Definitivamente