El camino de vuelta a casa fue silencioso.
Sin conversaciones, sin música, sin una mano en el muslo de Ares mientras conduce.
Fue solo… silencioso.
Agotada, terminé por quedarme dormida acurrucada contra la ventanilla del auto, con lágrimas secas en mi rostro.
Ni siquiera sentí cuando Ares estacionó en casa, pero me desperté, todavía letárgica, cuando abrió la puerta con cuidado, puso mi mochila en su espalda y luego me tomó en sus brazos.
Tan pronto como abrió la puerta, May vino a recibirnos,